Igual que en el calendario gregoriano se cuentan los años antes o después de Jesucristo, el calendario del madridismo se rige desde hace 522 días por el antes y el después de Mourinho. Por ejemplo, la Copa de Mestalla se ganó en el año I después de Mou, la Novena en el año VII antes de Mou y el segundo y último Pichichi de Raúl —con los mismos 24 goles que hoy lleva Cristiano— fue en el año IX antes de Mou.
Mourinho es el Jesucristo del Real Madrid, venido al Bernabéu por la gracia de Florentino, Dios padre todopoderoso, para liberar a los blancos del yugo azulgrana y redimirles de los pecados de Pellegrini. Su figura ha devuelto la fe y la esperanza a una parroquia blanca que reclamaba títulos aunque fuera por caridad. Desde Di Stéfano, el Real Madrid no había tenido un personaje con tanta capacidad para invertir la historia, para darle la vuelta como a un pantalón vaquero antes de meterlo en la lavadora, para frenar el avance de las hordas futbolísticas azulgranas y resistir que, como decía Negrín, es vencer.
En el año I después de Mou, el Real Madrid le miró a los ojitos al equipo del fútbol perfumado, poético, dionisíaco y le disputó la Liga, por los menos tres cuartos. En la Copa, una competición menor históricamente dominada por el Barça y en la que los blancos no tocaban pelo desde los tiempos de Benito Floro y Lasa —año XVII antes de Mou—, J. M. obró el milagro y su Madrid venció a los azulgranas. En la Liga de Campeones, el Madrid alcanzó las semifinales, ronda que no veía desde la última temporada de Del Bosque —año VII antes de Mou— y tuvo sus opciones contra el Superbarça si los ínclitos Stark y De Bleckeere, que Platini los tenga en su gloria, no se hubieran cruzado en el camino para marcarse un Remedios Cervantes y dejar al Madrid compuesto y sin Champions.
En el año II después de Mou, el Madrid ha vuelto a tropezar dos veces con la piedra azulgrana —Supercopa y Copa del Rey—, pero ha estado tan cerca de ganar que en Barcelona hay gente en la Ciudad Condal que aún no ha regulado su tránsito intestinal de tanto apretar el trasero en el último Clásico. Consejo: un poco de bífidus y listo. Yo tengo un amigo muy culé, muy leonés y muy mal jugador de paddle, que vio el partido en el Camp Nou y sufrió tanto que dice que no vuelve a assitir a un Clásico al campo aunque el Barça le pague las entradas y Guardiola le invite a cenar a su casa.
En la Liga, el Madrid circula por la A-10 con el navegador puesto en el título y a velocidad de récord. Faltan muchos kilómetros para la meta, pero parece que este año el bólido de Mourinho —idéntico al del año pasado— corre más que el de Pep, al que le han cambiado el chasis. O la gasolina. Mientras, Mou va por el Bernabéu como el hijo de Dios. Tras el valdanicidio, se siente como Espartero en su lecho de muerte. Cuando se acercó su confesor a darle la extramaunción, le dijo: "Perdone a sus enemigos". El general respondió: "No puedo, yo no tengo enemigos. Los he fusilado a todos".
Tomado de Marca
por Miguel Serrano

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